PRESENTACION DEL BLOG

Hace muchos años pensé en escribir una “Historia del racismo en Yucatán”. El proyecto lo tenía arrumbado como otros tantos que no sé si alcanzaré a realizar. Pero ahora ya no mis preocupaciones personales, sino la sociedad misma parece reclamarlo.

El monumento a los conquistadores Montejo recién inaugurado en Mérida (junio de 2010) ha emergido como la punta del iceberg de una tensión social traumática que no hemos superado. Las partes involucradas han comenzado a sacar lo que tenían guardado y muy atorado.

Por un lado, la prepotencia discriminadora de un ego soberbio que se traduce en presunción racista y toca las fronteras del viejo fanatismo medieval. Por el otro, el rencor acumulado que llega a posiciones de rabia y desprecio. En medio, una minoría (dentro de la cual me cuento), planteando la exigencia de que ya es hora que nos manejemos como una sociedad de iguales con respeto para todos.

Aunque sea de manera cronológicamente desordenada, me he propuesto reunir en este blog parte del material que he trabajado sobre este problema, empezando con los artículos recientes de la prensa. La idea es reunir el material porque es parte de nuestro pasado (yucateco y mexicano) que se debe ser conocido para discutir sobre la base de hechos y no sobre la base de prejuicios y complejos. Posiblemente esto ayudará a liberarnos de ese triste pasado que nos embarga hasta hoy.
Creo que nadie, ni las personas ni los pueblos, son perversos por naturaleza. Por eso hay que buscar la explicación de los hechos de violencia y de la discriminación en los procesos histórico-sociales que marcaron a las épocas, las personas y determinaron sus consciencias.

Clausura simbólica del Monumento a los Montejo.


Clausura simbólica del Monumento a los Montejo.
Iván Vallado Fajardo
El señor Peón Ancona, cronista de Mérida, primer promotor de la erección de la  estatua a los Montejo volvió a escribir una nota periodística. Ahora nos advierte del inicio de la segunda Guerra de Castas que, según él, va a estallar cuando una multitud de desfrenados, aprovechando el tumulto de las fiestas patrias, destruirán la estatua de su amado ancestro. Buen chiste.
Pero los adjetivos que prolija para descalificar a los que no queremos una estatua de Francisco de Montejo en Mérida son en su enorme mayoría falsos y mediocres. Sorprende, por que uno esperaba algo mejor del “cronista”, pero se remite a repetir chismes de la calle entre antipriístas ardidos.
Tristemente el “cronista”, tampoco respondió a las objeciones que se han hecho sobre el monumento. Principalmente, el anacronismo que supone alabar a un etnocida y la bajeza moral implicada en ello.
No sabemos por qué no enfrenta las objeciones. Posiblemente porque no podría probar que su ancestro no fue un etnocida o porque no lee otra cosa que no sea el Diario de Yucatán y Artículo7, como si no supiese que existen muchos otros medios no sólo en la prensa escrita, sino en Internet, televisoras, estaciones de radio, etc.
Tampoco parece entender por qué el movimiento contra la estatua de los Montejo, no es un movimiento hispanófobo, ni indigenista, ni partidista y, principalmente, no es un movimiento violento que pretende usar la fuerza. Hemos expresado en sobradas ocasiones que no se pretende derribar nada por la fuerza, que se hizo y se seguirá solicitando formalmente a las autoridades el retiro de las estatuas y son éstas las que eventualmente tendrían que quitarlas.
La única nota que habla de retirarlas por mano propia es del padre Lugo en internet, pero su autor no ha vuelto a decir nada, ni fue la primera nota en contra del monumento (dos días antes se publicó una artículo mío en Por esto! 25/junio). Pero, eso sí, la declaración del padre Lugo se usa como estandarte para descalificar toda oposición a las estatuas y acusarnos de vasánicos destructores de la civilización. Esto no sólo es doloso, sino hasta cobarde.
Muchos de los que no queremos una estatua del citado conquistador, hemos hablado de hacer que se retire por parte de las autoridades. No somos los vándalos que imaginan. Somos simples ciudadanos concientes de la estatua es anacrónica y racista, hace apología de un etnocida y que eso es indigno para cualquier ciudad del mundo. Esto es impropio para todos los yucatecos que conocen de historia, que NO son racistas y NO se tiene que ser indígena para indignarse.
Los que han tratado de respondernos, no pueden hacerlo sin recurrir a argumentos racistas, por lo que la controversia sobre el monumento ha hecho que aflore la gran ignorancia y el racismo en nuestra ciudad. Por lo mismo, hemos estado –en el facebook- siempre dispuestos a debatir, pero no hemos encontrado ningún argumento serio que no sea racista. También hemos demostrado que el ser fundador no es en sí motivo de ninguna honra y menos si se funda sobre los cadáveres de gente que no tenía por qué ser masivamente asesinada. De hecho, la vía violenta de conquista estaba cerrada por una bula del propio Papa en 1537, ocho años antes de la conquista de Yucatán.
Por eso pedimos a la alcaldesa que tome en cuenta nuestra opinión (no la opinión de una sola persona que se siente conquistador) y si se requiere, que se haga consulta pública al respecto. Hemos dicho que se pida a arquitectos, escultores artistas un  proyecto que sustituya la estatua, no con otro guerrero, ni maya, ni español, ni yucateco, ni mexicano.
Repito: el monumento no debe tener ningún motivo bélico, ni tener asociación alguna con procesos etnocidas. O sea, lo único que en el fondo se desea, es no alabar a un cerdo.
Hemos convocado en el facebook a otra manifestación pacífica el 15 se septiembre, en la que se celebrará una CLAUSURA SIMBÓLICA del monumento. SIMBÓLICA. ¿Entienden? Nadie lo va a tocar para no embarrarse. Tampoco habrán “enemigos de la civilización” ni vesánicos salvajes.
Se pide “alto a la discriminación” en varios idiomas, porque creemos que ninguna ciudad de mundo debe erigir estatuas a etnocidas. México tiene varios convenios internacionales firmados sobre Derechos Humanos, mismos que prohíben la apología del delito. Por esto la estatua no sólo es inmoral, sino violatoria de los Derechos Humanos.
Y estos acuerdos son los que haremos valer, incluso en tribunales internacionales, si la estatua no es retirada por la autoridad municipal que sea, del partido que sea. Nuestro movimiento es pacífico, civilista y legal. No pertenece a ningún partido, tampoco lame suelas a nadie, ni está en venta. El evento es público, la invitación es abierta.

Joya de una visión discriminadora

Joya de una visión discriminadora


Iván Vallado Fajardo
Exquisita muestra nos dio don Carlos R. Menéndez de un discurso anacrónico y racista, con su Primera Columna “Justo homenaje” del pasado 27 de agosto del Diario de Yucatán referido al monumento a los Montejo. No creo que el tono conservador y antiindígena haya sido una sorpresa para nadie. De cualquier forma nos ha dado la oportunidad de rebatirlo.
En el Viejo Mundo previo al descubrimiento colombino -el único mundo en ese entonces porque todavía no había uno Nuevo, -la guerra estaba muy desarrollada. Los últimos 500 años, tras la caída del imperio romano y con las invasiones “bárbaras” asiáticas, el arte de destruir al enemigo alcanzó niveles impresionantes.
Por ejemplo, se construyeron innumerables castillos para defensa con paredes súper gruesas, se perfeccionaron las armas para matar de lejos: lanzas, flechas con puntas metálicas, ballestas y armas de fuego como cañones, culebrinas y falconetes. Se sitiaban ciudades o castillos por meses o años, cuando fue necesario. Se arrojaban cuerpos putrefactos en dichos sitios, se envenenaban las fuentes de agua, se masacraban las poblaciones tras la caída de las murallas, se permitía el saqueo y el abuso del ejército, etc.
Europa Occidental vivió en esta Edad Media por siglos, en los cuales no sólo generó armas, sino también una mística y una narrativa guerrera. La mística proveía de los valores trascendentales para inculcar en las nuevas generaciones la pasión por defender a los suyos y exterminar sin pena a los enemigos. Los héroes guerreros, ejemplo a seguir, realizaban acciones maravillosas en defensa de la fe y “la religión verdadera”, dando muerte por millares a los ingratos e infieles adoradores del demonio.
La narrativa que comenzó con los cantares de gesta, alabó dichas acciones y creó las piezas y los lugares comunes para tales hazañas. Por un lado, enemigos malos, traidores, asesinos, ultra pecadores, idólatras, sodomitas, etc. Por el otro, “los nuestros”, caballeros valerosos, magnánimos capitanes, guerreros hermanados arriesgando sus vidas para el bien del mundo. Los Rambos del pasado.
Epifanías y señales milagrosas que anunciaron las batallas más significativas, santos y vírgenes interviniendo a favor de los cristianos, batallas milagrosas, hazañas en que unos pocos de “los nuestros” derrotan a miles de feroces enemigos. , etc. Al final, en su interpretación, todo era parte de un plan divino trazado por Dios en su lucha contra el mal.
Dominados por el diablo, los infieles enemigos estaban degenerados y practicaban costumbres abominables en las que se asesinaban entre sí, realizaban sacrificios masivos, “hecatombes” salvajes, etc. Por eso, su destrucción y sumisión por los cristianos nunca pudo ni podrá significar más que la gloria. Tampoco importan los miles de muertes que ello costó pues la llegada de los cristianos les dio “la religión verdadera” y con ello la posible salvación de sus almas y la superación de sus demoníacas costumbres. Se acercaba el “juicio final” que pintaba Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, como bien señaló Don Carlos.
Estas son las coordenadas básicas de todo discurso de conquista cristiana, creado y desarrollado tras una milenaria tradición de guerras santas que comenzaron en la conquista israelita del Canaán, pasaron, entre otras, por las cruzadas, la reconquista española y las conquistas de las Américas. Y este es el discurso de don Carlos, basado en todas sus fuentes, autores religiosos y no religiosos cristianos de los siglos XVI al XIX –incluye a Eligio Ancona, Molina Solís y Chamberlain- que no hicieron más que repetir la trama y adecuar el supuesto Plan Divino a la parte en cuestión. En este caso, la Conquista de Yucatán.
¿Qué más podría escribir una autor presbítero como Crescencio Carrillo y Ancona? ¿Por qué ese énfasis en que “el número de víctimas que hubo en la Conquista tenía que ser y fue incomparablemente menor que el que resultaba de las guerras que los mismos indios entre sí se hacían, y sobre todo, que el de las frecuentes hecatombes humanas que los Nacones hacían a sus ídolos”?
¿Por qué subrayar que “los mayas estaban sumidos en una decadencia y degradación” cuando llegaron sus salvadores con la espada y la cruz? ¿Por qué afirmar que el malvado Nachi Cocom “le sacó los ojos con flechas” al hijo de Tutul Xiu y lo devolvió a su padre?, una acción de represalia típica en realidad de los guerreros cristianos como Cortés, quien imitando a Julio César cortó las manos de 50 guerreros tlaxcaltecas.
Como Mel Gibson en Apocalipto, el Sr. Menéndez no ve que estos no son sino mitos de la épica cristiana, cantos y loas engendradas en el siglo XVI para alabar a sus guerreros en el interior de una mentalidad fanática y extremista de su época. No son discursos de realidad, son discursos morales. Don Carlos, como muchos historiadores tradicionales de hoy, todavía no lo entienden, por eso inútilmente repiten los mismos “hechos” que sus fuentes del XVI con todo y los absurdos que contienen.
No podemos saber bien a bien qué de todo esto es realidad o son inventos de los mal llamados cronistas de Indias que como López de Gómara o Bernal Díaz del Castillo, que eran muy dados a dramatizar y exagerar. Por el contrario, la repetición de los mismos hechos en todos los pueblos conquistados (tainos, caraimarenses, mexicas, incas, mayas, etc.) hace ver que son piezas de un discurso y no descripciones de hechos realmente ocurridos.
No puedo aquí abundar con ejemplos, pero va uno: Menéndez repite a sus fuentes diciendo que Nachi Cocom incendió la casa de sus huéspedes xiu mientras dormían. Esto es absurdo porque esta técnica es otra técnica típicamente cristiana que los indios no practicaban como forma de batalla. Así fueron asesinados por los cristianos los indios taínos en Cuba , los caraimarenses de Veragua, y guardada las proporciones fue la misma técnica que se empleó en la matanza de Cholula.
La “lluvia de flechas”, los sesenta mil indios reunidos (¡60,000 en Tjo!) para pelear con tan pocos españoles, que siempre ganan tras ser auxiliados por Santiago, la virgen, San Gabriel (o San Bernabé en Tjo). No son relatos verídicos, sino verosímiles (creíbles) para la mentalidad del siglo XVI y que sólo por una suerte de anacronismo, fanatismo o “positivismo” pueden los historiadores actuales rendirles credibilidad.
Destaca siempre en estos discursos la valoración racista de que todo lo indio es perverso y malo, negado de ser bueno y que sólo puede dignificarse tras su derrota y sumisión al hombre blanco cristiano. Un argumento válido para los conquistadores, pero falso en la realidad, pues representa una expresión de discriminación esencialista de todos los pueblos pre-cristianos de la tierra. Una descalificación categórica de “un ser” metafísico –abstracto y no material- encarnado en nuestro caso por los mayas.
Por ello la visión reaccionaria de querer plantear la controversia por las estatuas de los Montejo como un enfrentamiento entre dichos personajes y el líder maya. Menéndez dice: “Ahora, por quinta vez, se trata de enfrentar a Nachi Cocom con los Montejo”. Es una manera burda y manipuladora de recurrir al racismo como argumento para discriminar lo maya y rendir homenaje a un patán. Ya he explicado (Por Esto! Los cristianísimos Montejo, 22/Ago/2010) la ilegalidad de las acciones de Montejo según las disposiciones de su época.
El asunto de las estatuas NO es un asunto entre indios y españoles, es un problema de enaltecer el etnocidio o de poner otra estatua de algún motivo que bien puede no tener a ningún guerrero. Ni indio, ni cristiano, ni yucateco, ni mexicano.
Es bastante tonto en estos tiempos seguir haciendo estatuas a “héroes guerreros” cuando deberíamos estar pensando en el fin de todas las guerras y en la unidad universal de nuestra especie.  Algo que el ego y orgullo racista-discriminador no puede siquiera imaginar, porque sería respetar el ser y la diferencias culturales entre los pueblos y aceptar que al final de todo: todos somos iguales.

Una estatua que falta y dos que sobran


Por: Iván Vallado Fajardo
La ignorancia sobre el tema de la conquista de Yucatán ha dado por enfocar los cosas como su fuera una discusión infantil entre fanáticos de las chivas y el América. Regidores y empleados públicos de la pasada administración municipal y también de actual, el cronista promotor y algunos periodistas han hecho comentarios donde demuestran no entender las cosas o entenderlas de manera racista.
La típica respuesta ha sido que los que no queremos el monumento somos anti-hispanistas, que negamos la herencia española y otras barrabasadas. Pero no es así. No negamos las aportaciones culturales españolas en América: lo que nos parece deleznable es alabar a un par de barbajanes genocidas, independientemente de la nacionalidad que hayan tenido y del pueblo que hayan victimado.
En este ocasión se trata respectivamente de españoles y mayas del siglo XVI , pero en el fondo eso no es lo importante: los genocidas son deleznables en todos los tiempos y de cualquier nacionalidad. ¿Tan difícil es entender esto? Y como no me considero anti-hispanista les contaré de un españoles del siglo XVI que vino a Yucatán como conquistador espiritual, que merecería tener su estatua en esta ciudad. Se trata de Jacobo de Testera.
En 1535 cuando las leyes por regular las conquistas en las Indias fueron nuevamente revisadas y los frailes dominicos lograron influir en la Corona, se abrió una nueva fase en la que se intentaron conquistas pacificas y la conversión religiosa con el ejemplo y la persuasión pacífica.
Así fue como fray Jacobo de Testera vino a Yucatán entre el segundo y tercer intento de conquista de Francisco de Montejo. Se estableció en Champotón y comenzó a predicar con relativo éxito. Negoció con los indígenas que le permitiesen enseñarles la doctrina cristiana, asegurándoles que no vendrían armadas a darles guerra.
Según refiere la obra de López Cogolludo, Testera tuvo cada vez más éxito y logró un proceso de conversión en el que los indios comenzaron a entregarle voluntariamente sus ídolos. Pero unos conquistadores aparecieron en Tixchel efectuando un buen negocio: cambiaban ídolos decomisados por indios.
Los franciscanos de Testera suplicaron a los “comerciantes” que desistieran de su criminal negocio, pero éstos no sólo no les hicieron caso sino, que insinuaron que los frailes eran sus socios. La especie corrió por todas partes y se dice que hasta puso en peligro la vida de los religiosos. Frustrado por el golpe bajo, Testera abandonó Champotón. Los indios se sintieron traicionados por Testera y a su vez abandonaron el proceso de conversión.
Testera perteneció al grupo de frailes que, como muchos dominicos, creía en la conversión pacífica y la persuasión doctrinaria, siguiendo las líneas de Jesús y los primeros cristianos que varias ocasiones marcaron con sus prácticas que ese era el método de conversión al cristianismo.
Pero alrededor de 1500 años después de la muerte de Jesús, su propuesta religiosa no era ya una doctrina de esperanza y redención para los desvalidos, sino poderosa religión institucionalizada con larga experiencia imperial. Desde hacia siglos era partidaria acérrima de aplicar la guerra brutal contra los infieles, entre otras cosas porque era más rápida y producía más ganancias a los “magnánimos” matamoros (luego mataindios) que buscaban fortuna y habían vendido en manadas de España.
El final de la historia, ya lo sabemos. Sin frailes pro-vía pacífica, los belicistas ganaron la partida. A pesar de que el papa Pedro III decretó la ilegalidad e inmoralidad de la vía violenta de conquista (1537), a los “magnánimos” conquistadores como Montejo les valió un cacahuate.
Ocho años después de esta bula, Montejo reorganizó su hueste y con apoyo de indios del centro de México, realizaron la tercera campaña de conquista de Yucatán, misma con la que por fin y tras ciertas alianzas, lograron derrotar la resistencia maya. Esto les permitió “fundar” San Francisco de Campeche, Mérida y Valladolid sobre asentamientos indígenas.
Pues bien, entre Testera y Montejo, ambos españoles, cristianos y conquistadores hay una distancia abismal. ¿Se entiende?
Uno procedió de forma civilizada y apegado a los dictámenes de la Corona y el otro se comportó como un pillo salvaje, vil delincuente que vino con hijo y sobrino a masacrar poblaciones indígenas que nunca se habían metido con ellos. Y a los que sometieron con las armas, el terror, los traslados forzados, haciéndolos esclavos y otras chuladas.
El cronista promotor y Carlos R. Menéndez dicen conocer de historia, pero no citan las atrocidades “inauditas” cometidas por las huestes de Montejo, registradas por Diego de Landa en su Relación de las cosas de Yucatán. Es deshonesto saltarse las partes que no les convienen porque les destruyen la ilusión de “los magnánimos conquistadores” que promueven.
Seguiremos pidiendo el retiro de las estatuas de Montejo porque no existe ningún argumento respetable para erigirles una y sí muchos para retirarla. En todo caso, Jacobo de Testera, en cambio, la merece mucho más. Entre otras cosas es un hombre de paz y no de guerra.
Visiblemente heridos porque perdieron la alcaldía de Mérida, jóvenes panistas están manipulando las cosas en Internet y pintan el movimiento ciudadano en contra de las estatuas de los Montejo como una conspiración priísta o del comunismo (no sé cuál). Literalmente ven “moros con trinchetes” y profetizan violencia apocalíptica. Pobres. Los únicos que han usado la violencia contra una estatua, como señaló el señor Carlos Menéndez en su reciente artículo, fueron los jóvenes que destruyeron una placa alusiva a Nachi Cocom.

Los cristianísimos Montejo


Los cristianísimos Montejo
Iván Vallado Fajardo
Tradicionalmente se ha valorado a los conquistadores, como los Montejo, porque trajeron la fe católica a reinos que no la conocían. Tal valoración estaba en función de la teoría de la degradación por desconocimiento divino, una teoría que sostenía que quien no conocía al Dios verdadero (al de los cristianos según los cristianos) estaba influenciado por el Diablo y eran sus secuaces.
Independientemente de su etnocentrismo, en el siglo XVI –hace 500 años- esta visión sonaba razonable a los europeos de Occidente, porque era el nivel cultural que tenían, muy cercano al ambiente cultural de la Edad Media, en la que la cristiandad enfrentó muchas guerras, invasiones, zozobra, etc., y que la hizo ser beligerante y autoritaria con los no cristianos, en espacial contra “los infieles”.
Hacia 1509 los españoles cayeron en la cuenta de que no estaban en Asia (como creyó Colón) sino en otro Nuevo Mundo, y en 1511 los frailes dominicos de la Española actuaron en consecuencia. Los indios no eran infieles, como los habían tratado (y exterminado) por 19 años, sino simplemente paganos, por ello trataron en enderezar las cosas. Entonces debían ser convertidos por la vía pacífica, con el ejemplo y con la predicación del evangelio. Sin embargo, toparon con pared, porque los conquistadores, como los Montejo, estaban más interesados en hacer esclavos y en el pillaje, que en otra cosa.
En 1537 en la Santa Sede, Roma, ocho años antes de la fecha oficial de la conquista de Yucatán, el papa Pablo III habiendo sido advertido por los dominicos de las atrocidades que se cometían en el Nuevo Mundo, dictó la bula Sublimis Deus que a letra dice: “haciendo uso de la Autoridad apostólica, determinamos y declaramos por las presentes letras que dichos Indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades”.
Y continua: “que no deben ser reducidos a servidumbre y que todo lo que se hubiese hecho de otro modo es nulo y sin valor, [asimismo declaramos] que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios y con el ejemplo de una vida buena, no obstando nada en contrario”.
Díganme entonces qué son estas estatuas, sino un monumento a unos criminales que mancharon de muerte y sangre no sólo por dónde pasaron, sino la mismísima religión cuya prédica sirvió como pretexto para las conquistas.
A los indígenas de hoy no les da vergüenza este monumento, les da coraje. No es lo mismo. A los que nos debe dar vergüenza este monumento es la los yucatecos que heredamos más de estos personajes que de los antiguos indios. Especialmente los católicos son a los que les debería dar vergüenza este monumento porque el origen de su religión en esta tierras fue manchado por éstos. ¿O qué? ¿El papa estaba equivocado?
A mi modo de ver, no hay nada más que discutir ni que esperar. La estatua de los Montejo debe ser retirada, pues sólo nos hiere o nos avergüenza más. No hay más que dos grupos, los que están en contra de que la estatua y los que no les parece mal y no entienden porque los primeros están molestos con el monumento. Mera ignorancia. No hay más opiniones, todas son reiterativas. Es hora de proceder al retiro. La única opinión que quizá debiera tomarse al pie de la letra, por eso de la justicia histórica con los Montejo, es que su monumento debería ponerse dentro del CERESO.

Historia y Memoria, Pasado, Presente y Futuro.
Algunas ideas básicas pero importantes sobre el infeliz monumento a los Montejo y sus implicaciones y secuelas
Iván Vallado Fajardo

Los monumentos son un símbolo cultural de la sociedad que deben ser positivos. Respecto al monumento a los Montejo, no se trata de una competencia infantil entre fanáticos de dos equipos de futbol. O sea, no se trata de quienes eran mejores, los mayas o los españoles. Se trata de no festejar procesos de dominación de ningún pueblo. Y el estatua en cuestión lo celebra.
Si los creadores de la idea no lo vieron así, pues ya se les dijo, ya es patente que a muchos no nos gusta. [Véase http://vamosatirarelracismo.blogspot.com y “Los que no queremos una estatua de Francisco de Montejo en Mérida en Facebook]. El estatuado no es amado de forma unánime, por tanto, creó y crea encono y controversia. Para muchos es ofensivo, para otros penoso, para otros más una vergüenza. Y los que lo festejan parecen haber cayado, tienen la cabeza agachada.
Como expliqué antes (por Esto! 25/06/2010), en el siglo XXI la causa de Montejo y sus soldados ya no tiene sentido, ni partidarios (a menos que sean anacrónicos o racistas). Las disculpas sobre los métodos de la conquista existen desde el siglo XVI por parte de la misma Corona española. Lo mismo hicieron los reyes de España tras la muerte del dictador totalitario, el “generalísimo” Francisco Franco.
El pleito no es con España y no lo fue en muchas ocasiones durante la misma Colonia, cuando la Corona emitió reformas sociales que no se obedecieron. Fueron los colonos, criollos y descendientes de Conquistadores los que siempre se negaron a cumplir lo que no les convenía: se negaron a no hacer esclavos, se negaron a perder sus encomiendas, se negaron a dar libertades a los indios, se negaron a respetar sus propiedades y se negaron a casarse con las indias (hacerlas sus mujeres legítimas) con las que fornicaron por generaciones hasta hacer nuestro mestizaje.
No nos hagamos tontos. La “sangre” que tanto preocupa a los anacrónicos o racistas (un líquido rojo con glóbulos blancos y rojos y algunas cosas más, que es básicamente la misma en toda nuestra especie) se mezcló desde el comienzo hasta en las mejores familias. Nada más que por racistas lo ocultaron. No es nada nuevo: desde finales el siglo XIX en que se discutieron estas cosas, el entonces obispo Crescencio Carrillo y Ancona, notable e historiador de Yucatán, señaló esta existencia de “abuelas indias” en todas las familias yucatecas. O ¿qué hicieron los conquistadores por varios años, mientras llegaban las mujeres blancas de España? ¿Ver la TV?
La Corona estableció la legalidad de las uniones con las indias desde 1512. O sea, años antes del descubrimiento de Yucatán y de su Conquista. ¿A caso hoy en Yucatán, por fuerza de la tradición, y con ciertas variaciones, no todavía existe “la casa chica” de la Xun?
Fueron pues los colonos, los “recienllegados”, los criollos engreídos, los ganapanes abusivos y desde luego los descendientes de conquistadores (que ordinariamente eran de la peor calaña) los que con sus modos de ser y hacer dieron vida real a las colonias e hicieron de la realidad americana un universo de abusos y contradicciones frecuentemente narrada en informes a las autoridades llenos de exageraciones y mentiras contra los indios e incluso contra ellos mismos como rivales.
Una magnánima fábrica de chismes, adulaciones y falsedades que se proyecta hoy desde el chismorreo popular hasta los discursos de nuestras más altas autoridades: Nadie fue el culpable de la muerte de los niños de la guardería ABC. Paulete se suicidó sola (ya que no se pudo involucrar a las chachas). Nunca ha habido fraude electoral. Tampoco hay políticos corruptos en mi partido. Bla, bla, bla.
Escuche usted un informe presidencial con cuidado y luego pregúntese ¿de que país estaba hablando el “Capitán General”?
Nuestros presidentes, como su máximo ancestro simbólico, Hernán Cortés, siempre andan pintándonos un México perfecto, que sin ellos estaría a punto de sucumbir en el averno, siempre nos están salvando de algo y siempre les debemos sumisión. Siempre somos la tierra más hermosa, la más fértil, la más rica, la más… y ellos nuestros salvadores.
En realidad, como país siempre estamos hundidos en la mediocridad y rivalizando entre nosotros mismos: maltratando a nuestra propia gente, burlándonos de su modo de vestir o hablar o del color de su piel, mal pagándoles por su trabajo (“total son indios”), pendejeando al patrón “tonto” que no te trata mal, desperdiciando recursos públicos (“total son del gobierno”), abusando corruptamente de las amistades –palancas- bien paradas. O bien, insultando a los políticos cuando están lejos, pero lamiéndoles la suela de sus zapatos cuando los tenemos enfrente para pedirles un favor especial, etcétera.
Este es México. Este es el legado de la Colonia, hecho en buena parte por la España imperial (tributos, oro, planta, etc.,), pero complementado con el hábil y lúcido trabajo de nuestros descendientes ya americanos. Y claro que éstos se sentían muy europeos, pero no lo eran. En España no eran más que- para decirlo con un neologismo moderno y común- unos viles nacos. ¡Oh, nuestros patéticos indianos!
Y claro que hubo indios involucrados. Caciques de mala gana, empleaduelos de los conquistadores (ancestros de los lamesuelas) que aprendieron y ejercieron los rituales del poder en la América virreinal: ser servil con el de arriba y patearle el trasero al de abajo. ¿Cuántas veces no son los mismos indígenas que maltratan a otros indígenas?
Pero vale para todos lados. ¿Cuántas veces no son los mismos “blancos” –como se decían los criollos del siglo XIX- que maltratan a otros blancos? Y ahora que hemos visto al PAN gobernar el país por más de un sexenio, ¿qué pasó? No están algunos de sus miembros que se la dan de “blancos de recio abolengo” medrando en los programas federales del gobierno como lo hacían los “mestizos populistas” del viejo PRI?
Entiéndase, en todas “las razas” se cuecen habas. Por eso, en lugar de seguir con la torpe competencia de que “fue mejor fulanito que menganito”, debemos de reprobar los métodos de dominación y la “gran” herencia cultural práctica que dejaron en nosotros.
En Yucatán, todos fuimos amantados con el racismo y la discriminación. Lo llevamos casi en los genes. Y no puede ser de otra forma, porque fuimos creados en una sociedad racista, discriminadora y clasista. De un lado o de otro, entre nuestros iguales siempre hay: piojos, nacos, “indios de miarda” -con “a” como decimos los yucatecos-, chakas, arribistas, “nuevos ricos”, igualados, presumidos, payasos, engreídos, aduladores, envidiosos, etcétera.
Y como sea, la fusión se dio. Por ejemplo, la mayoría de la población yucateca (y mexicana) hoy es católica, y ya. Tienen derecho indiscutible a serlo porque vivimos en una sociedad regida por una Constitución política liberal (1917). Y lo que quedó de la cosmovisión maya, pues quedó, y ya. También tienen derecho inalienable de seguir siendo lo que son porque también viven en México al amparo de nuestra Constitución. Y si los mayas y católicos de hoy (que son los mismos en proporciones significativas) quieren indagar en sus pasados en busca “la esencia pura” o algo así, pueden hacerlo.
Personalmente creo que no se puede viajar a un pasado que ya no existe. El famoso “túnel del tiempo” era un programa de ciencia ficción, nada más. Lo que fue borrado, fue borrado. Pero en todo caso –eso sí- un pueblo puede recrearse, que no es lo mismo, pero sí muy importante. Los pueblos se recrean constantemente con lo que son, con lo que hacen y con lo que harán. Eso que ni que.
Todo yucateco de hoy nació cuando mucho hace un siglo. La Conquista ocurrió en el siglo XVI, hace casi 500 años. Por tanto, nadie del presente es culpable del etnocidio incompleto, sólo se trata de que se tome conciencia de lo horrible que fue, de que no debe volver a repetirse, de que no se le debe nada a ningún conquistador y de que no debe festejarse con un monumento a los Montejo.
No me parece que haya que cambiar nombres de avenidas, ni poner a Nachi Cocom y/o Cecilio Chí en vez de los Montejo. No es vendetta. Nadie tiene por qué arrancarse el color banco o el moreno de su piel, ni vamos a dejar de hablar nuestro fantástico español. Aunque debiéramos hacer algo para que, como pueblo, recuperemos la maya: somos la nación (México) de más hispanoparlantes del planeta.
Además el Paseo Montejo como tal no es una herencia del conquistador, Francisco de Montejo “el adelantado” murió en 1553. El Paseo de Montejo es una herencia de la oligarquía henequenera porfiriana. Una banda de pelafustanes engreídos, orgullosos y racistas que por ser ricos y explota-indios se dieron sus lujos. A mi tampoco me gustan, pero afortunadamente también pasaron a la historia. El Paseo en sí, como avenida de la ciudad, es muy bonito. ¿Para qué cambiarle de nombre? ¿Para borrar la memoria de una época de un Yucatán profundamente escindido entre clases laborantes y micro-oligarquía malinchista? No estoy de acuerdo: mi deber no es borrar “lo malo” como tanpoco es festejarlo con estatuas a los Conquistadores. Mi deber es enseñar a las nuevas generaciones las versiones completas de lo que ocurrió y enseñarles el significado de las cosas por su origen. Ese es mi trabajo como padre y como ciudadano. Entre otras cosas, para eso hay que saber un poco de nuestra historia.
Las nuevas generaciones deberán saber sobre el pasado y sacarán sus cuentas y harán elecciones sobre lo que les parezca o no memorable, pero hay algo que tienen que aprender que, al parecer, nosotros no hemos aprendido: somos el producto de una mezcla y ya nada se puede hacer. Ya no somos más de un lado, ni del otro.
Ser mestizos es algo contradictorio, por eso nos crea conflicto: desamor propio, complejo de malix, malichismo, falta de respeto con el prójimo, soberbia, engreimiento, sentirse bien al tener más que los demás, gozar por sentirse superior, por tener gente (humanos) a tu servicio, presumir las propiedades, el color claro de la piel, la ascendencia extranjera del apellido, etc. Todos estos no son sino síntomas de una sociedad traumada (con politraumatismos diría yo) que no ha sabido cicatrizar sus heridas y superar su pasado.
Y si nuestra historia hasta allí llegara, qué feliz sería, pues como nosotros –los vivos de hoy- nos habremos a de morir, las nuevas generaciones vendrían libres de menudos traumas. Pero no es así: nosotros los educamos, les enseñamos, los criamos. Desde la cuna, amamantamos a nuestros niños con estos prejuicios “con la leche templada –diría Serrat- y en cada canción”.
Nos preocupamos de que tengan “roce social con los pudientes” como si el resto de la gente, los no pudientes fueran animales. Queremos que “sean alguien” como si no fuésemos alguien de sí. Queremos que se lleven con “las familias conocidas” y esas barrabasadas discriminatorias y antihumanitarias. Queremos que frecuenten con “la gente bien” como si la gente sin baro fuese mala, ladrona o qué. Amen de que en este país mucha gente de baro lo hizo “mal habido” en donde pudo, llámese negocios, política, corrupción, etc.
Y como nosotros lo hemos hecho, ellos recrearán y reproducirán la eterna maldición amarse un poco y de odiarse mucho al mismo tiempo, tanto como individuos como comunidad, como pueblo. Estas es “la maldición de Maliche” a la que se refería Gabino Palomares. Creo que Palomares la sentía y la reprobaba, pero no la había terminado de entender porque no es maldición, no es etérea ni está fuera de nuestro alcance. Todo lo contrario: es nuestra cultura y la practicamos todos los días. Y es la que produce una asquerosa soledad que no tiene salida y que hace dramática y fatalista la vida del mexicano. Octavio Paz le llamaba El laberinto de la soledad.
Como sea, es menester decir que todos los tiempos pueden ser buenos para la conciliación social y cultural que, evidentemente, todavía nos falta. Son tiempo de sacudirnos de prejuicios y de pensar en el futuro. Es en el futuro en “lo que queremos ser” en donde está lo importante, no en lo que ocurrió en el pasado. Y de mi parte, ese futuro, esa utopía -diría un profe mío- la queremos vivir entre iguales, sin discriminación étnica (ni de género, ni de preferencia sexual), ni racismo.
Bueno y para todo esto: ¿Qué hacer entonces en “el remate” si se quita el mentado monumento?
¿Por qué no preguntar a la gente? ¿Por qué no hacer una consulta ciudadana? ¿Por qué no pedir propuestas? ¿Por qué no recrear o refundar este tipo de acciones de gobierno, en vez de repetir la penosa erección de último monumento en el último momento?
¿Cuándo comenzaremos a tener gobiernos que nos tomen en cuenta antes y no después de hacer las cosas?
Creo que la infeliz historia de monumento a los Montejo, sin querer, nos ha dado esta oportunidad. ¿Habremos de aprovecharla?

Dedicado a los compañeros de: Los que no queremos una estatua de Francisco de Montejo en Mérida, del Facebook.

El monumento a los conquistadores Montejo


Me ha caído de sorpresa que el Ayuntamiento de Mérida levante un monumento a los conquistadores Montejo (parece que al padre y al hijo, al sobrino no). Pero me puede más y me asombra la mala calidad de los argumentos para tal obra. Ojala se tratara del trío. Habría menos problema.
Lo más importante que se tiene que tener en cuenta, y eso debe saberlo todo buen político, es que un monumento se hace a alguien que moralmente lo merece, que como ancestro nos enaltece, que es una figura destacada por su valentía, honor y por sus acciones irreprochables de “amor al prójimo” (somos de una cultura cristiana).
Los Montejo no cumplen nada de lo anterior. HOY sus acciones pueden considerarse genocidas, destructivas, opresoras, autoritarias, etc. Hoy México como país y Mérida como ciudad, pertenecen al siglo XXI. Las convicciones políticas y morales en común entre los ciudadanos, mínimamente tienen que ver con el respeto a los Derechos Humanos, con el derecho a la autodeterminación de los pueblos, con el respeto a las diferencias culturales. Por tanto, es de lo más absurdo que he oído en mi vida hacer HOY una estatua a unos indianos avorazados, sedientos de poder, fama y fortuna que dieron al traste con poblaciones indígenas que no les habían hecho nada y las cuales destruyeron sin miramientos.
Si estuviéramos en 1610 entendería el hecho. En esa época no había democracia, no había sistema liberal, no había declaratoria de autodeterminación de los pueblos y no había declaratoria de los Derechos del Hombre y menos de los Derechos Humanos. Había un gobierno extranjero, sometiendo por la fuerza de las armas, el terror y el azote a la población natural de “su” colonia, en donde la opinión de los indígenas no contaba, pues eran considerados “cómplices del Diablo”.
En 1610, el monumento a Montejo hubiera sido una parte más del proceso de etnocidio. El segmento dominante (criollos, blancos), debió de hacer la estatua del fundador de su ciudad, para marcar hacia donde se iba como sociedad: hacia una cristianización forzada, hacia una explotación económica en especie y en trabajo de los indígenas, en donde “lo indio” debería desaparecer (ser “borrado” dice literalmente, por ejemplo López Cogolludo) o asimilarse a lo que dictaban sus amos. Y más o menos así fue.
Pero visto desde HOY en nuestra sociedad mestiza, este pasado no es glorioso, sino vergonzoso. Muchos indios lograron sobrevivir y sus descendientes, aunque hoy son católicos, no sienten esa destrucción como algo maravilloso que se deba agradecer. Al contrario, es una triste y en muchas ocasiones repugnante historia de opresión y dolor humano. De despoblamiento de aldeas, de muerte generalizada, de castigos físicos nefastos, de violación de mujeres, de indios que se dejaron morir por desgane vital porque en la realidad colonial no tenían lugar para tener una existencia digna y tratar de ser felices.
Hoy, por lo menos supuestamente, todos los mexicanos tenemos derecho a una existencia digna y la oportunidad de ser felices, y por eso una sociedad moderna no debe erigir una estatua a unos conquistadores, cualesquiera que sean.
Que el Cabildo aprobara el proyecto sólo demuestra que la mayoría de los regidores que dieron su voto son ignorantes (“incultos” decimos aquí), que no tienen ni idea de lo que debe ser trascendente en una obra moral y política de esta envergadura. Su visión acaso les da para balbucear una idea elemental “es que fue fundador”. Y la pregunta es ¿y qué? El hecho de ser fundador no significa nada en sí mismo. Hitler fundó el III Reich y los judíos de hoy no van a poner su estatua en Tel Aviv. No son tontos. Julio Cesar fundó Germania romana y no veo que los berlineses hayan erigido una estatua al conquistador romano.
Montejo fundó una colonia con los desastres que ya mencioné y eso hoy no es moralmente positivo. Además la ciudad no se fundó sobre la nada, sino sobre otra ciudad maya (T’ho) que fue demolida. Sus piedras habrán servido para hacer los edificios coloniales, las casas de los conquistadores, la catedral, etc. Algo terrible hoy, pero que en ese tiempo era lo normal.
Hay que entender el pasado con la moralidad del pasado, pero después de haberlo hecho podemos reconsiderarlo, juzgarlo con nuestra moralidad presente y determinar si es algo digno de festejo o no. Y me parece que honrar HOY a un tipo que fundó una ciudad sobre los cadáveres de otros seres humanos no suena a gloria. En fin. Parece que la propuesta llega varios siglos tarde o inevitablemente es  reaccionaria y autoritaria.
Pero quizá estoy divagando de más, porque el asunto no parece tratarse de Historia, de Moral o Filosofía, sino simplemente de gastar un dinero que el Ayuntamiento de hoy no quiere dejarle a los priístas de la próxima semana.
Si el reivindicar a los Montejo hubiera sido una verdadera convicción ideológica del PAN, ¿por qué las autoridades panistas dejaron pasar casi 20 años y esperaron hasta el último minuto para hacerla? Seriedad señores.
Tras ganar la primera vez la alcaldía de Mérida, Ana Rosa Payán erigió su monumento a las haciendas henequeneras. Otra tara conservadora, pero, bueno, se notaba una posición política, un compromiso ideológico, no una salida mediocre.
Existen otros personajes de esa época que podrían merecer tal monumento, los comentaré en una próxima colaboración.

Iván Vallado Fajardo 


Publicado en el Diario Por Esto!, La Ciudad, p. 15-16. Mérida, Yucatán, 25 de junio de 2010.