Una estatua que falta y dos que sobran


Por: Iván Vallado Fajardo
La ignorancia sobre el tema de la conquista de Yucatán ha dado por enfocar los cosas como su fuera una discusión infantil entre fanáticos de las chivas y el América. Regidores y empleados públicos de la pasada administración municipal y también de actual, el cronista promotor y algunos periodistas han hecho comentarios donde demuestran no entender las cosas o entenderlas de manera racista.
La típica respuesta ha sido que los que no queremos el monumento somos anti-hispanistas, que negamos la herencia española y otras barrabasadas. Pero no es así. No negamos las aportaciones culturales españolas en América: lo que nos parece deleznable es alabar a un par de barbajanes genocidas, independientemente de la nacionalidad que hayan tenido y del pueblo que hayan victimado.
En este ocasión se trata respectivamente de españoles y mayas del siglo XVI , pero en el fondo eso no es lo importante: los genocidas son deleznables en todos los tiempos y de cualquier nacionalidad. ¿Tan difícil es entender esto? Y como no me considero anti-hispanista les contaré de un españoles del siglo XVI que vino a Yucatán como conquistador espiritual, que merecería tener su estatua en esta ciudad. Se trata de Jacobo de Testera.
En 1535 cuando las leyes por regular las conquistas en las Indias fueron nuevamente revisadas y los frailes dominicos lograron influir en la Corona, se abrió una nueva fase en la que se intentaron conquistas pacificas y la conversión religiosa con el ejemplo y la persuasión pacífica.
Así fue como fray Jacobo de Testera vino a Yucatán entre el segundo y tercer intento de conquista de Francisco de Montejo. Se estableció en Champotón y comenzó a predicar con relativo éxito. Negoció con los indígenas que le permitiesen enseñarles la doctrina cristiana, asegurándoles que no vendrían armadas a darles guerra.
Según refiere la obra de López Cogolludo, Testera tuvo cada vez más éxito y logró un proceso de conversión en el que los indios comenzaron a entregarle voluntariamente sus ídolos. Pero unos conquistadores aparecieron en Tixchel efectuando un buen negocio: cambiaban ídolos decomisados por indios.
Los franciscanos de Testera suplicaron a los “comerciantes” que desistieran de su criminal negocio, pero éstos no sólo no les hicieron caso sino, que insinuaron que los frailes eran sus socios. La especie corrió por todas partes y se dice que hasta puso en peligro la vida de los religiosos. Frustrado por el golpe bajo, Testera abandonó Champotón. Los indios se sintieron traicionados por Testera y a su vez abandonaron el proceso de conversión.
Testera perteneció al grupo de frailes que, como muchos dominicos, creía en la conversión pacífica y la persuasión doctrinaria, siguiendo las líneas de Jesús y los primeros cristianos que varias ocasiones marcaron con sus prácticas que ese era el método de conversión al cristianismo.
Pero alrededor de 1500 años después de la muerte de Jesús, su propuesta religiosa no era ya una doctrina de esperanza y redención para los desvalidos, sino poderosa religión institucionalizada con larga experiencia imperial. Desde hacia siglos era partidaria acérrima de aplicar la guerra brutal contra los infieles, entre otras cosas porque era más rápida y producía más ganancias a los “magnánimos” matamoros (luego mataindios) que buscaban fortuna y habían vendido en manadas de España.
El final de la historia, ya lo sabemos. Sin frailes pro-vía pacífica, los belicistas ganaron la partida. A pesar de que el papa Pedro III decretó la ilegalidad e inmoralidad de la vía violenta de conquista (1537), a los “magnánimos” conquistadores como Montejo les valió un cacahuate.
Ocho años después de esta bula, Montejo reorganizó su hueste y con apoyo de indios del centro de México, realizaron la tercera campaña de conquista de Yucatán, misma con la que por fin y tras ciertas alianzas, lograron derrotar la resistencia maya. Esto les permitió “fundar” San Francisco de Campeche, Mérida y Valladolid sobre asentamientos indígenas.
Pues bien, entre Testera y Montejo, ambos españoles, cristianos y conquistadores hay una distancia abismal. ¿Se entiende?
Uno procedió de forma civilizada y apegado a los dictámenes de la Corona y el otro se comportó como un pillo salvaje, vil delincuente que vino con hijo y sobrino a masacrar poblaciones indígenas que nunca se habían metido con ellos. Y a los que sometieron con las armas, el terror, los traslados forzados, haciéndolos esclavos y otras chuladas.
El cronista promotor y Carlos R. Menéndez dicen conocer de historia, pero no citan las atrocidades “inauditas” cometidas por las huestes de Montejo, registradas por Diego de Landa en su Relación de las cosas de Yucatán. Es deshonesto saltarse las partes que no les convienen porque les destruyen la ilusión de “los magnánimos conquistadores” que promueven.
Seguiremos pidiendo el retiro de las estatuas de Montejo porque no existe ningún argumento respetable para erigirles una y sí muchos para retirarla. En todo caso, Jacobo de Testera, en cambio, la merece mucho más. Entre otras cosas es un hombre de paz y no de guerra.
Visiblemente heridos porque perdieron la alcaldía de Mérida, jóvenes panistas están manipulando las cosas en Internet y pintan el movimiento ciudadano en contra de las estatuas de los Montejo como una conspiración priísta o del comunismo (no sé cuál). Literalmente ven “moros con trinchetes” y profetizan violencia apocalíptica. Pobres. Los únicos que han usado la violencia contra una estatua, como señaló el señor Carlos Menéndez en su reciente artículo, fueron los jóvenes que destruyeron una placa alusiva a Nachi Cocom.

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