Joya de una visión discriminadora

Joya de una visión discriminadora


Iván Vallado Fajardo
Exquisita muestra nos dio don Carlos R. Menéndez de un discurso anacrónico y racista, con su Primera Columna “Justo homenaje” del pasado 27 de agosto del Diario de Yucatán referido al monumento a los Montejo. No creo que el tono conservador y antiindígena haya sido una sorpresa para nadie. De cualquier forma nos ha dado la oportunidad de rebatirlo.
En el Viejo Mundo previo al descubrimiento colombino -el único mundo en ese entonces porque todavía no había uno Nuevo, -la guerra estaba muy desarrollada. Los últimos 500 años, tras la caída del imperio romano y con las invasiones “bárbaras” asiáticas, el arte de destruir al enemigo alcanzó niveles impresionantes.
Por ejemplo, se construyeron innumerables castillos para defensa con paredes súper gruesas, se perfeccionaron las armas para matar de lejos: lanzas, flechas con puntas metálicas, ballestas y armas de fuego como cañones, culebrinas y falconetes. Se sitiaban ciudades o castillos por meses o años, cuando fue necesario. Se arrojaban cuerpos putrefactos en dichos sitios, se envenenaban las fuentes de agua, se masacraban las poblaciones tras la caída de las murallas, se permitía el saqueo y el abuso del ejército, etc.
Europa Occidental vivió en esta Edad Media por siglos, en los cuales no sólo generó armas, sino también una mística y una narrativa guerrera. La mística proveía de los valores trascendentales para inculcar en las nuevas generaciones la pasión por defender a los suyos y exterminar sin pena a los enemigos. Los héroes guerreros, ejemplo a seguir, realizaban acciones maravillosas en defensa de la fe y “la religión verdadera”, dando muerte por millares a los ingratos e infieles adoradores del demonio.
La narrativa que comenzó con los cantares de gesta, alabó dichas acciones y creó las piezas y los lugares comunes para tales hazañas. Por un lado, enemigos malos, traidores, asesinos, ultra pecadores, idólatras, sodomitas, etc. Por el otro, “los nuestros”, caballeros valerosos, magnánimos capitanes, guerreros hermanados arriesgando sus vidas para el bien del mundo. Los Rambos del pasado.
Epifanías y señales milagrosas que anunciaron las batallas más significativas, santos y vírgenes interviniendo a favor de los cristianos, batallas milagrosas, hazañas en que unos pocos de “los nuestros” derrotan a miles de feroces enemigos. , etc. Al final, en su interpretación, todo era parte de un plan divino trazado por Dios en su lucha contra el mal.
Dominados por el diablo, los infieles enemigos estaban degenerados y practicaban costumbres abominables en las que se asesinaban entre sí, realizaban sacrificios masivos, “hecatombes” salvajes, etc. Por eso, su destrucción y sumisión por los cristianos nunca pudo ni podrá significar más que la gloria. Tampoco importan los miles de muertes que ello costó pues la llegada de los cristianos les dio “la religión verdadera” y con ello la posible salvación de sus almas y la superación de sus demoníacas costumbres. Se acercaba el “juicio final” que pintaba Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, como bien señaló Don Carlos.
Estas son las coordenadas básicas de todo discurso de conquista cristiana, creado y desarrollado tras una milenaria tradición de guerras santas que comenzaron en la conquista israelita del Canaán, pasaron, entre otras, por las cruzadas, la reconquista española y las conquistas de las Américas. Y este es el discurso de don Carlos, basado en todas sus fuentes, autores religiosos y no religiosos cristianos de los siglos XVI al XIX –incluye a Eligio Ancona, Molina Solís y Chamberlain- que no hicieron más que repetir la trama y adecuar el supuesto Plan Divino a la parte en cuestión. En este caso, la Conquista de Yucatán.
¿Qué más podría escribir una autor presbítero como Crescencio Carrillo y Ancona? ¿Por qué ese énfasis en que “el número de víctimas que hubo en la Conquista tenía que ser y fue incomparablemente menor que el que resultaba de las guerras que los mismos indios entre sí se hacían, y sobre todo, que el de las frecuentes hecatombes humanas que los Nacones hacían a sus ídolos”?
¿Por qué subrayar que “los mayas estaban sumidos en una decadencia y degradación” cuando llegaron sus salvadores con la espada y la cruz? ¿Por qué afirmar que el malvado Nachi Cocom “le sacó los ojos con flechas” al hijo de Tutul Xiu y lo devolvió a su padre?, una acción de represalia típica en realidad de los guerreros cristianos como Cortés, quien imitando a Julio César cortó las manos de 50 guerreros tlaxcaltecas.
Como Mel Gibson en Apocalipto, el Sr. Menéndez no ve que estos no son sino mitos de la épica cristiana, cantos y loas engendradas en el siglo XVI para alabar a sus guerreros en el interior de una mentalidad fanática y extremista de su época. No son discursos de realidad, son discursos morales. Don Carlos, como muchos historiadores tradicionales de hoy, todavía no lo entienden, por eso inútilmente repiten los mismos “hechos” que sus fuentes del XVI con todo y los absurdos que contienen.
No podemos saber bien a bien qué de todo esto es realidad o son inventos de los mal llamados cronistas de Indias que como López de Gómara o Bernal Díaz del Castillo, que eran muy dados a dramatizar y exagerar. Por el contrario, la repetición de los mismos hechos en todos los pueblos conquistados (tainos, caraimarenses, mexicas, incas, mayas, etc.) hace ver que son piezas de un discurso y no descripciones de hechos realmente ocurridos.
No puedo aquí abundar con ejemplos, pero va uno: Menéndez repite a sus fuentes diciendo que Nachi Cocom incendió la casa de sus huéspedes xiu mientras dormían. Esto es absurdo porque esta técnica es otra técnica típicamente cristiana que los indios no practicaban como forma de batalla. Así fueron asesinados por los cristianos los indios taínos en Cuba , los caraimarenses de Veragua, y guardada las proporciones fue la misma técnica que se empleó en la matanza de Cholula.
La “lluvia de flechas”, los sesenta mil indios reunidos (¡60,000 en Tjo!) para pelear con tan pocos españoles, que siempre ganan tras ser auxiliados por Santiago, la virgen, San Gabriel (o San Bernabé en Tjo). No son relatos verídicos, sino verosímiles (creíbles) para la mentalidad del siglo XVI y que sólo por una suerte de anacronismo, fanatismo o “positivismo” pueden los historiadores actuales rendirles credibilidad.
Destaca siempre en estos discursos la valoración racista de que todo lo indio es perverso y malo, negado de ser bueno y que sólo puede dignificarse tras su derrota y sumisión al hombre blanco cristiano. Un argumento válido para los conquistadores, pero falso en la realidad, pues representa una expresión de discriminación esencialista de todos los pueblos pre-cristianos de la tierra. Una descalificación categórica de “un ser” metafísico –abstracto y no material- encarnado en nuestro caso por los mayas.
Por ello la visión reaccionaria de querer plantear la controversia por las estatuas de los Montejo como un enfrentamiento entre dichos personajes y el líder maya. Menéndez dice: “Ahora, por quinta vez, se trata de enfrentar a Nachi Cocom con los Montejo”. Es una manera burda y manipuladora de recurrir al racismo como argumento para discriminar lo maya y rendir homenaje a un patán. Ya he explicado (Por Esto! Los cristianísimos Montejo, 22/Ago/2010) la ilegalidad de las acciones de Montejo según las disposiciones de su época.
El asunto de las estatuas NO es un asunto entre indios y españoles, es un problema de enaltecer el etnocidio o de poner otra estatua de algún motivo que bien puede no tener a ningún guerrero. Ni indio, ni cristiano, ni yucateco, ni mexicano.
Es bastante tonto en estos tiempos seguir haciendo estatuas a “héroes guerreros” cuando deberíamos estar pensando en el fin de todas las guerras y en la unidad universal de nuestra especie.  Algo que el ego y orgullo racista-discriminador no puede siquiera imaginar, porque sería respetar el ser y la diferencias culturales entre los pueblos y aceptar que al final de todo: todos somos iguales.

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